martes, 9 de diciembre de 2008

EL IDIOTA DEL CÓRNER

En la grada su asiento de socio estaba junto al vértice de tiza del córner. En los descansos de los partidos, mientras comía su sandwich de rosbeef, se embobaba mirando el flamear al viento del banderín, Por la bocadura de entrada al estadio (puerta 45), solía colarse un viento brioso como de alta mar que agitaba el pañito del banderín. Desde su asiento el tipo imaginaba que aquel banderín fluorescente era como una bandera de popa de un hermoso velero. Se lo decía a su mujer antes de los partidos, y ella le sonreía cariñosa mientras le preparaba el rosbeef y le despedía deseándole suerte para el partido: "Suerte, buen partido...y buena mar", le decía juguetona. Antes, los dos ya habían acordado lo mismo de siempre en los partidos televisados. Desde su asiento junto al córner, aprovechando que las cámaras enfocaban de cerca el saque de esquina, él se levantaría a saludarla por la tarde. Y así era siempre. Llegado el momento álgido del córner, detrás del concentrado pelotero solía verse a un tipo rosado y gordito que saludaba y daba besos a la cámara sin prestar atención al córner. Con los brazos parecía que cogía un volante grande como el de un gran trailer. Pero no era un volante deforme. Era el timón de un velero imaginario con bodegas de amor en su vientre. Desde casa, la mujer le lanzaba besos trenzados como nudos marineros.
Todo fue bien hasta que un lunes, de ida al trabajo, ella leyó en la prensa gratuita de la calle un artículo: "El idiota del córner". Era su marido. Mofa brutal: ¿Quién era aquel gordito cretino que saludaba y parecía conducir desde el córner?
por Javier González
De igual título -El idiota del córner- es la novela del escocés Ian McCoy, basada -asegura su autor- en la historia real de un hincha del Celtic. ¿El propio McCoy?

domingo, 7 de diciembre de 2008

VICTORIA DE PRESTIGIO

Por fin ha llegado la primera victoria en casa, y joder como ha llegado una goleada ante un equipo de los grandes.

Es difícil explicar la sensación que uno tiene cuando las cosas salen tan bien, el equipo jugo de forma impecable, dando la sensación de ser un gran equipo en todos los aspectos, y siendo eso un EQUIPO, porque nuestra fuerza y ya se lo comente a ellos antes de empezar el partido nuestra fuerza, nuestra mayor virtud y lo que tenemos que explotar es la sensación de equipo, de unidad, de ir todos a una, por el mismo camino, no tenemos individualidades que puedan decidir partidos, no tenemos a esos jugadores determinantes, tenemos un equipo, y pongamos a los que pongamos no se debe notar, a los hechos me remito, a pesar de las bajas esta semana hemos dado otra muestra de lo que somos y de lo que somos capaces de hacer, nos hemos puesto el listón muy alto, cuando solíamos caer derrotados yo tenia una premisa, cuando nos tiran hay que volverse a levantar una y otra vez, ahora que estamos de pie no debemos dejar que nos vuelvan a tirar, debemos hacer piña para que no ocurra.

Seguiré en mi premisa de no comentar los aspectos tácticos del partido, pero diré que corremos y que nos apoyamos en todas las lineas mas que nunca y es uno de los cambios que estamos teniendo, en las salidas de balón hay mas fluidez, tenemos mas llegada y atrás hay un gran sacrificio y mucha concentración y seriedad y sobre todo los chavales han ganado confianza en lo que hacen.

Me gustaría por lo menos por mi parte dedicar esta primera victoria en casa 4 - 0 que no lo había comentado, al que hasta ahora era cuarto clasificado, dedicar esta victoria a toda la afición de Bellvitge, ya que en las salidas que hemos ganados no todos pudieron ir y por primera vez han podido disfrutar de una victoria en casa, a los chavales del amater, que han estado siempre animando, a los padres que ese espíritu que se creo en Castefa esta dando sus efectos y se dejaron las gargantas animando, a mis compañeros entrenadores del club, que están hay dando ánimos, a la gente del bar que tenemos una química especial, y al club que esta sufriendo por nosotros y que ayer las caras de felicidad y de orgullo eran patentes, esta victoria ante este rival y de la forma que se fraguo da prestigio al club.

Nada que hay que seguir trabajando, no hay que bajar la guardia hay que ser prudentes y no debe haber euforias desmedidas, que somos los mismos de ayer y seremos los mismos que mañana, aunque si se me permite hoy somos un poco grandes, es bueno que por una vez los chavales se sientan así GRANDES, y decirles a los chavales a mis espartanos que hemos defendido las Termópilas y que a partir de ahora lo daremos todo como espartanos por defenderla hasta el final, la leyenda sigue creciendo.

sábado, 6 de diciembre de 2008

UN CIERTO TIPO DE BELLEZA


Ninguna victoria es tan bella como un buen fracaso. Eso es un axioma, una verdad tan evidente que no requiere demostración. Basta recordar la puerta que se cierra y condena a Ethan Edwards a seguir vagando (Centauros del desierto), a Anna cuando pasa frente a Holly Martins y no le mira (El tercer hombre), a Richard Blane cuando despide a Ilsa Lund y se queda en el aeropuerto con Renault (Casablanca). O algo más terrible: la multitud de sombras andantes con que se cierra Espoir, la película de André Malraux sobre la guerra civil española. La derrota, en ciertas circunstancias, convierte la dignidad humana en un cristal purísimo.

El Torino, ya lo hemos dicho otras veces, es el vencido más hermoso del calcio. Su historia resulta irreprochable. El momento fundacional del mito del Toro fue probablemente el partido Torino-Legnano de 1921, semifinal de una Liga que entonces se disputaba por un sistema mixto de eliminatorias y grupos. El Torino y el Legnano, empatados a puntos, disputaron un encuentro para decidir quién llegaba a la final, pero los 90 minutos acabaron en empate a uno. En la prórroga, de 60 minutos, no hubo goles. El árbitro ordenó entonces que se jugara otra media hora. A los ocho minutos de la segunda prórroga, agotados, ciegos, los jugadores de ambos equipos protagonizaron un célebre beau geste: dejaron el balón quieto en el césped, se dieron la mano y renunciaron a seguir en la competición.

Todo lo demás es bien conocido. El Torino tuvo en los años 40 el mejor equipo de Europa y quizá del mundo. Ese equipo, que ganó cinco títulos consecutivos de Liga, desapareció el 4 de mayo de 1949 en el accidente aéreo de Superga. El Torino tuvo en los años 60 a uno de los futbolistas más exquisitos, excéntricos y sentimentales de todos los tiempos: Gigi Meroni, la mariposa grana. Meroni murió el 15 de octubre de 1967, en la cima de su carrera, accidentalmente atropellado a la salida del estadio por un joven tifoso que le adoraba; el muchacho que conducía el coche, Attilio Romero, llegó a ser, muchos años después, presidente del Torino. ¿Pasan estas cosas en otros clubes?

En 1992, el Toro llegó a la final de la UEFA. El partido de ida, Ajax-Torino, terminó 2-2. En la vuelta, en Turín, el Torino perdió 0-1 después de lanzar el balón cinco veces al palo.

Los colores originales de la camiseta del Torino fueron el negro y el naranja, pero el naranja desteñía en amarillo y componía los colores de los Habsburgo austríacos, enemigos de los Saboya piamonteses, por lo que pareció apropiado cambiarlos. En 1906, en la cervecería Voigt de Turín, se refundó la sociedad con el ingreso de un grupo de juventinos disconformes con la profesionalización de la Juve, y se optó por una camiseta grana, en homenaje al pañuelo de color sangre que distinguía la Brigada Saboya del ejército piamontés.

Ayer, en el partido con que celebraba el centenario, el Torino venció 1-0 al Empoli. Al Empoli le anularon un gol legal. El gol del Toro, espectacular, llegó casi en el último minuto. Tratándose del Toro, fue extraño. Como si Richard Blaine, por una vez, embarcara con Ilsa en el avión de Lisboa y mandara a paseo Casablanca.

por Enric González

viernes, 5 de diciembre de 2008

LOS MARTILLOS DEL NORTE


Qué se le regala para Reyes al hombre que lo tiene todo? ¿Un avión? ¿Un yate? ¿Un alcalde en la Costa del Sol? Más recomendable, quizá, es probar con algo que dure, un juguete que ilusione más allá del primer día. Y para eso nada mejor, nada, que el regalo que acaba de recibir el padre del hombre más rico de Islandia. Un equipo de fútbol. En este caso, el West Ham United, de la Premier League.

Una isla de 300.000 habitantes en el Atlántico Norte se suma esta semana a Rusia, Estados Unidos y Egipto, países cuyos ciudadanos también se han comprado clubes ingleses. Pero, aunque el Chelsea, el Manchester United, el Aston Villa y el Fulham ya están en manos de super ricos extranjeros, lo curioso es que no ocurra más a menudo, que grandes instituciones como el Liverpool y el Arsenal no hayan caído también. Si uno cuenta con el dinero para comprarse un equipo de Primera, ¿por qué no? Como dicen los ingleses cuando se les ofrece una cerveza, "silly not to" ("tonto no hacerlo").

Así lo ha entendido Bjorgolfur Gudmundsson, cuyo hijo Thor es el primer islandés billonario de la historia. A cambio de la cantidad irrisoria de 120 millones de euros -no sólo se compra un equipo, sino una enorme parcela en la metrópolis más rica de Europa-, el señor Gudmundsson ya es, desde el martes de esta semana, el presidente de honor vitalicio del West Ham.

¡Lo que hace el dinero! Tras aportar más fama y gloria al Real Madrid que nadie -y a la larga, olvídense de Beckham, al valor económico de la marca-, Alfredo di Stéfano sólo ostenta el título de presidente de honor. En cambio, el señor Gudmundsson, cuya contribución a la causa del West Ham hasta el martes pasado había sido nula, tiene asegurado el puesto hasta que se muera. Su amigo Eggert Magnusson, el nuevo presidente ejecutivo, también es rico comparado con el aficionado medio, pero, como no puso el dinero, no tiene las mismas garantías de permanencia.

Ahora, claro, el West Ham -también conocido como The Hammers, Los Martillos- no es el Real Madrid. Pero tiene su respetable dosis de carisma. No ha ganado nunca la Liga inglesa en sus 111 años de vida, es verdad. Y en Europa sólo ha triunfado una vez: en la Recopa, ganada en 1965. Pero el lugar especial que ocupa en el imaginario de la afición inglesa -sólo un peldaño por debajo de los Liverpool, Arsenal y Manchester- se debe precisamente a aquel equipo que ganó la Recopa. Porque ese West Ham aportó más jugadores que cualquier otro club a la selección inglesa más venerada de la historia, la que ganó la Copa del Mundo de 1966: la santa trinidad de Bobby Moore, el gran capitán; Geoff Hurst, que marcó un hat-trick en la final, contra Alemania, y Martin Peters, el cerebro del mediocampo.

Después, durante los años 70 y 80, el West Ham tuvo en sus filas a uno de los diez mejores jugadores que han producido las islas y al más elegante: Trevor Brooking, el Zidane inglés.

Todo esto nadie en Inglaterra asociado con el fútbol lo olvida.

Con Brooking, el West Ham ganó la Copa inglesa un par de veces, siempre jugando un fútbol atractivo, generoso y muchas veces suicida. Por eso nunca ha ganado la Liga. Por eso también los aficionados del West Ham caen bien. Se sabe que sufren, pero por una alegre causa.

Con los millones de Gudmundsson y su hijo puede que sufran menos. Si uno buscase el dueño ideal para un club de fútbol, Gudmundsson sería un candidato. Ex presidente del mejor club de Islandia, el KR, Gudmundsson es un amante del fútbol de verdad, un hombre que desde siempre ha ido a ver a su equipo desde la tribuna, codo a codo, nada de palcos, con los aficionados que pagan por la entrada. El presidente ejecutivo, Magnusson, es otro forofo, ex presidente de la asociación islandesa de fútbol que, además, con sus 59 años, sigue jugando al fútbol tres veces a la semana.Y, encima, como buenos nórdicos, los dos millonarios son fans a muerte del fútbol inglés.

Si en estos tiempos globalizados, en los que las fronteras del fútbol se vuelven cada día más porosas, algún aficionado español está buscando equipo en Inglaterra, el West Ham pinta, de repente, como una excelente opción.

por John Carlin

jueves, 4 de diciembre de 2008

CUANDO FUERON REYES DE LONDRES


Dos título de Liga en 100 años de historia no parece gran cosa para un club que ahora está de moda en Europa. El Chelsea lo conquistó con ocasión de su cincuentenario, en 1955, y en su centenario, 2005, tras haber vivido sus mejores momentos en los años sesenta. Casi por ubicación física, al Chelsea le correspondió un papel importante en el agitado Londres de aquellos días. Aunque su estadio no tenía ningún glamour -Stamford Bridge servía para el fútbol y para las carreras de galgos en su vieja pista de ceniza-, se alzaba en Fulham Road, en medio de uno de los barrios preferidos de la movida pop, al lado de King's Road, hervidero de nuevas tendencias. Allí tenía su cuartel Mary Quant, la creadora de la minifalda, y por allí pululaban o vivían buena parte de los músicos que hacían época: los Beatles y los Stones se dejaban caer por allí; Marianne Faithful y el fotógrafo David Bailey, también; las estrellas del cine británicas y norteamericanas frecuentaban el barrio. Y en el barrio estaba un equipo de fútbol que pretendía estar a la altura de los tiempos.

Aquel Chelsea se adelantó 25 años a lo que Ruud Gullit definió como fútbol sexy. Gullit intentó practicarlo con el equipo londinense en los años noventa. Con cierto éxito y con dinero para fichar a jugadores como Zola o Verón, precursores de la invasión de estrellas extranjeras. Pero en los años sesenta no había ningún extranjero. Era un equipo de ataque con varios de los jugadores más coloristas del fútbol británico. Uno de ellos era Alan Hudson, un centrocampista que llevaba el ingenio hasta la frontera de lo extravagante. Habitual de clubes, amigo de estrellas del pop, proclive a los excesos, su talante no cuadraba con el estilo marcial que Alf Ramsey pretendía en la selección inglesa, así que no dejó huella en el equipo nacional. Junto a Hudson brillaba el escocés Charlie Cooke, extremo en ocasiones, centrocampista en otras, genial siempre. Y en la delantera todos los focos apuntaban a Peter Osgood, un héroe para la hinchada. Era alto y fornido, de pelo ensortijado y moreno, con un aire a Tom Jones que hacía valer entre las habituales de los bares y clubes de King's Road. Sin tener la clase pura de Hudson y Cooke, ninguno representaba mejor los valores del Chelsea que Osgood. Dentro del campo y fuera. Su fama mereció el interés de Raquel Welch, que se dio un garbeo por el barrio en una visita a Londres en 1972, un año después de que el Chelsea derrotara al Madrid en la final de la Recopa. El Cuerpo quería conocer a Osgood y no se privó de visitar el vestuario en los momentos previos a un partido. Algunos jugadores de aquella generación todavía lo consideran el mejor momento de sus carreras.

El Chelsea no ganó ninguna Liga en esa época, pero se ganó fama de equipo juerguista y divertido frente al circunspecto Arsenal, tradicionalmente defensivo y alejado de las cosas mundanas. Mientras frecuentaban a los ídolos del pop, sacaban tiempo para jugar bien y satisfacer a una hinchada que pronto vio el desplome del equipo. Casi fue un derrumbe cultural. Con la caída de King's Road como centro neurálgico de la movida londinense se asistió a los peores años del Chelsea. Descendió a la Segunda División y tardó casi 15 años en establecerse con alguna firmeza en la Primera. Lo hizo cuando el fútbol se convirtió en un negocio y perdió buena parte de su imagen de pasatiempo para la clase obrera. En los años noventa se puso de moda el fútbol y la moda también alcanzó a los políticos, muchos de los cuales salieron del armario y confesaron sus preferencias. Algunas resultaban poco creíbles. El primer ministro, John Major, a quien no se le conocía especial pasión por el fútbol, se declaró hincha del Chelsea, como algunos otros políticos conservadores. Eran los años de Gullit, y luego de Zola y Verón. Buenos años futbolísticos que estuvieron a punto de enviar a la bancarrota al Chelsea, presidido entonces por Ken Bates. El destino del club parecía desesperado, pero algo le favorecía: Londres siempre es un mercado apetecible, y más para los nuevos barones de las grandes empresas rusas del petróleo, gas y derivados, gente como Roman Abramovich, que se encontró con el juguete perfecto, en la ciudad perfecta, en el barrio perfecto. En Chelsea.

por Santiago Segurola
 
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